Nueva FAU

Carta al Cuerpo Académico de la FAU

Posted on: 28 mayo 2009

estudiantes por la fauEstimado Cuerpo Académico de la FAU:

La presente carta, tal como todos nuestros comunicados y declaraciones, tiene un carácter invariablemente abierto y público. Sin embargo, va dirigida muy particularmente al diverso y complejo conjunto de nuestros académicos. Al grueso de los docentes de la Facultad que, día a día, no sólo ejercen la docencia, sino también a los que viven la decencia, la excelencia y el compromiso institucional y de responsabilidad social tan propio de nuestra Universidad.

No se trata de rendirles tributo ni hacerles unas cuantas cosquillas al ego para acercarlos a nuestra postura. De lo que se trata es de invitarlos y convocarlos a una necesaria, urgente e, imperdonablemente, postergada reflexión.

Nuestro mensaje apunta a los académicos de todas las jerarquías, pero con un especial énfasis a los asistentes, instructores y ayudantes, es decir; el presente y futuro de la institución. A nosotros, a diferencia de los archi conocidos defensores y custodios del STATU QUO, no nos merece motivo alguno de menosprecio su condición jerárquica y su situación de académicos en permanente proceso formativo, pues como tenemos la mirada dispuesta hacia el futuro comprendemos que en ellos se proyecta el destino de la Facultad y deben ser ellos los genuinos portadores –al interior del estamento académico- de la misión de modernizarla y restituirle su condición de excelencia y, a la vez, reforzar su compromiso social con el país, especialmente con las temáticas de justicia social, equidad y desarrollo sustentable. No nos tragamos, en absoluto, el dogma neoliberal de que la única modernización posible está en el camino de la privatización y de que toda buena gestión se basa en la motivación que otorga el lucro y la puesta en oferta del conocimiento al mejor postor.

Pero volviendo al tema que nos convoca, decíamos que no hacemos distingos jerárquicos y tampoco contractuales (planta, contrata u honorarios). Comprendemos, eso si, las limitaciones temporales de los profesores a honorarios y su imposibilidad de abocarse a la reflexión propuesta con la detención y la profundidad que los actuales desafíos ameritan. Al respecto, no nos queda más que apelar, en un impulso idealista, a su compromiso con nuestra Universidad –y Facultad- y su vocación por la educación pública.

El llamado que hacemos tiene carácter de urgente y fundamental. Queremos que se comprenda que al denunciar la crisis de la Facultad y exigir la construcción participativa de un plan de desarrollo para la misma (Octubre 2007), se inició un largo y complejo proceso que pasó de entreabrir escasa y tímidamente la ventana, respecto de ciertos cambios, a una apertura de par en par de la puerta principal.

Hoy en día nos hallamos ante una oportunidad -que difícilmente se ha de presentar nuevamente- para introducir profundos cambios a nuestra Facultad y entrar, de ese modo, en una verdadera etapa de refundación institucional, como ya lo señaláramos en el párrafo anterior. Es el momento de la apertura y la integración. Ya van demasiadas décadas de disgregación. De asumir resignadamente que nuestra realidad estructural tiene la morfología de un archipiélago, en donde cada isla construye su propio destino singular y se desdibuja, año tras año, el concepto de lo global, del bien común, de que podemos y debemos desarrollar una vida cotidiana en comunidad y hacernos parte integral de un Proyecto de Facultad.

Un cambio profundo está a unos cuantos pasos, de eso estamos ciertos. También de que los partidarios del STATU QUO han minado el camino para obligarnos a aceptar uno fraudulento y superficial, instalado sobre un espejismo de obsoleta demagogia política y académica. Es cosa de agudizar un poco la vista y la farsa queda al descubierto fácilmente.

De todas formas, imaginamos que nuestras palabras podrán ser tomadas por ingenuas –posiblemente inspiradas en un casi extinto idealismo juvenil-. Sabemos que, probablemente, éstas se estrellen contra la muralla de la incredulidad y el escepticismo de tantos que en su minuto intentaron o, simplemente, esbozaron el cambio y sólo obtuvieron por respuesta un portazo en las narices y una férrea y violenta resistencia de los partidarios del STATU QUO, estandartes de un sombrío pasado que pretende perpetuarse por varias décadas más.

Sepan que comprendemos su desconfianza y esa resignación tan característica de tantos que han sido reiteradamente postergados, sin espacios ni oportunidades para desarrollarse, para poder plasmar concretamente sus ideas y proyectos. Es un escepticismo que se respira en el ambiente de nuestras aulas, así como un sarcasmo crónico y una resignada impotencia, casi como un mensaje escondido entrelíneas que nos dice “no pierdan su tiempo, chicos, que esto no tiene vuelta” o “se han abierto procesos semejantes y nunca produjeron nada”.

Al respecto, nos parece que en el marco del proceso actual hay, al menos, dos diferencias considerables con cualquier intento similar en instancias precedentes:

Primero, el deterioro constante y la decadencia institucional que nos obliga a reconocer la situación de crisis global. Hemos tocado fondo. No sólo dejamos de crecer hace tiempo, sino que nos caemos a pedazos, y tal realidad obliga, por si misma, a la materialización de profundos cambios. Y eso debe ocurrir ahora, pues lo que está en juego es la supervivencia de nuestra Facultad ¿O acaso permitiremos que la mezquindad y la necesidad de control de unos pocos nos empuje a todos a un abismo sin retorno?

Segundo, el surgimiento de múltiples voces que reconocen la necesidad y la urgencia de un cambio estructural en los distintos espacios que el proceso ha ido encontrando en su largo camino (de la mano, por supuesto, del desarrollo de políticas claras en todas las áreas, de un cambio cultural y del modo de gestión, en general). Especialmente quienes han enfrentado el asunto con altura de miras y han mantenido una actitud enérgica y decidida al respecto, la misma que tanto exaspera a los próceres del STATU QUO. Si bien no se trata de dar nombres ni de levantar altares, vaya para ellos nuestro reconocimiento y el público compromiso de sacar adelante, juntos, este proceso (si se llegara a cerrar la puerta abriremos de par en par todas las ventanas).

La combinación de ambos factores produce una simbiosis inédita que posibilita y ofrece las condiciones para llevar el proceso a buen término. Y si sumamos a ello la participación comprometida y desinteresada del grueso del cuerpo académico de la Facultad, contaríamos con el escenario propicio para llevar a cabo, sin mayores contratiempos, la esperada refundación de la FAU, salvo los últimos aleteos de Uds. ya saben quienes.

Sobre el momento específico en que nos encontramos, sabrán con certeza que la gran piedra de tope del proceso ha sido la decisión de reconfigurar la estructura académica de la Facultad. En particular, lo que concierne a la actual estructura departamental, cuya obsolescencia ya no es posible seguir ocultando y maquillando. Y bueno, ya hemos expuesto largamente, en nuestra carta anterior, que allí se concentran las mayores resistencias al cambio por parte de los ya mencionados, pues se ven amenazados sus cómodos sitiales y su control hegemónico al interior de las conocidas “parcelas de poder”. Sabrán, también, que hacen oídos sordos a la situación de crisis (en parte profundizada por conductas mezquinas, como estas) por estar más preocupados de proteger sus intereses creados respecto de la actual estructura.

De todas formas, no está demás aprovechar de demostrar como esas actitudes defensivas y conservadoras son el origen y la involuntaria evidencia de uno de los más profundos y arraigados problemas endógenos de la Facultad: el desmembramiento institucional y la fragmentación estructural. Y es que, en el caso de varias de las actuales unidades departamentales, resulta evidente que se ha desdibujado su misión original de cultivo y desarrollo disciplinar en favor de una metamorfosis que los ha convertido en bastiones de poder al interior del organigrama político y administrativo de la Facultad, tan contaminado por malos hábitos como el lobbie, las defensas corporativas y los privilegios de algunos grupos.

Justamente por lo anterior es que los departamentos se han vuelto hacia adentro y se han desarrollado como islas autosuficientes y autocomplacientes. De este modo, en algunos casos, se han levantado sendas murallas que dificultan considerablemente el proceso básico de la comunicación interdepartamental y ni hablar del desarrollo de proyectos transversales e interdisciplinares, que, gracias a este autoenclaustramiento, sólo pueden desarrollarse mediante el esfuerzo individual de quienes, armados sólo de su convicción y entusiasmo, se deciden a enfrentar todos los obstáculos que esta fragmentación estructural produce en serie, por si sola.

La justificación académica de dicho confinamiento departamental se basa en una concepción disciplinar arcaica y obsoleta en donde las fronteras de las disciplinas aparecen como barreras totalmente sólidas, casi impermeables e inertes, y cuya dinámica interna es escasa y cuando llega a producirse es de muy baja intensidad.

Aviso de utilidad pública: “el conocimiento en estado de encierro crónico puede terminar ahogándose por la falta de ventilación”. Abra bien puertas y ventanas.

Todo lo contrario ocurre con las actuales nociones de los métodos de aproximación al conocimiento que hoy sostienen las instituciones universitarias y centros de investigación de liderazgo mundial. A partir de ellas se reconfigura el antiguo modelo departamental por uno basado en la dinámica del flujo permanente y la capacidad de interacción transversal, pues se reconoce la existencia de fronteras difusas en torno a núcleos epistemológicos muy bien definidos, como parte fundamental del nuevo enfoque disciplinar.

La pregunta cae de madura: ¿tomaremos esta crisis como una oportunidad para dar un salto cualitativo y cuantitativo que apunte no sólo a salir del paso y nivelar hacia el promedio, sino a intentar dirigirnos a los lugares de avanzada yendo más allá del marco de acción general planteado en el PDI central? ¿O acaso vamos a asimilar ortodoxamente unas definiciones generales y amplias señaladas como un marco de referencia propuesto para que cada Facultad las interprete y contextualice según sus particularidades y especificidades disciplinarias? ¿Sería coherente hacer eso, después de haber gritado a los 4 vientos que “somos distintos”, que “las autoridades centrales no comprenden la singularidad de nuestras disciplinas” en donde confluyen ciencias aplicadas (proyectuales), sociales, de la naturaleza (de la tierra) y algunos conceptos del arte? (planteamientos expuestos en el Consejo de Facultad, en el marco del conflicto de los profesores asistentes a comienzos del 2008, respecto de los criterios del proceso de calificación académica y la funesta aplicación del artículo 45).

Para nosotros no cabe duda alguna. Resulta inaceptable que para no afectar los intereses, la seguridad y el control de unos pocos, la Facultad sólo consiga “salir del paso” (como medida de resolución de la crisis) y opte por el cómodo y seguro camino de la mediocridad institucional y académica.

Han sido, precisamente, Uds. –los destinatarios principales de esta carta- quienes nos han inculcado, a lo largo y ancho de nuestra formación académica, que como futuros profesionales de la Universidad de Chile tendremos la permanente obligación y responsabilidad de responder a todos los desafíos que se nos presenten en el camino buscando siempre la excelencia y los más altos estándares posibles. También hemos extraído de sus enseñanzas –y de nuestra propia experiencia- la idea de que toda crisis contiene en su esencia una oportunidad y que la manera adecuada de enfrentarla es con altura de miras, visión de futuro y la disposición a replantearnos nuestros propios paradigmas.

En honor a esos saberes (que les agradecemos profundamente) es que nos motiva el convencimiento y la certeza de que lejos de “salir del paso” tan sólo para prolongar unos años más nuestra precaria subsistencia, lo que corresponde ahora es instalar cambios de fondo que apunten a situarnos a la vanguardia de un nuevo enfoque disciplinar en el concierto de nuestra Universidad; uno mucho más dinámico, integrado, transversal y abierto.

No obstante, tenemos absoluta claridad de que todo cambio implica un riesgo, una cierta incertidumbre ante un nuevo escenario relativamente desconocido. Instalar nuevos paradigmas es una apuesta que impone desafíos inéditos que deben ser enfrentados colectiva y decididamente. Al respecto, la sabiduría popular es muy enfática: “quien no se arriesga no cruza el río”, dicen por ahí. Y bueno, está largamente demostrado en la historia de las instituciones que, además de hacer propio un proceso de mejoramiento y revisión permanente (hábito que se perdió hace mucho tiempo en nuestra Facultad), cada tanto deben enfrentar retos que obligan, amén de lo anterior, a dar saltos significativos que implican profundos cambios y la instauración de un nuevo orden paradigmático. En palabras del experto en cultura organizacional y del tema de la resistencia al cambio, Peter Senge: “una organización se convierte en maestra del cambio, adaptándose, sólo si logra convertirse en una organización de aprendizaje”. Y vaya coincidencia, como comunidad universitaria esto último es lo que, precisamente, deberíamos ser.

La misma literatura consultada sobre estas temáticas aporta innegables luces sobre los comportamientos y actitudes que se viven actualmente en nuestra Facultad respecto del miedo y la resistencia al cambio. Dentro de las que exponemos a continuación, sólo la primera de ellas nos parece atendible y, en cierta medida, comprensible, contextualizado como una primera reacción ante las nuevas propuestas (y que bien podrían haber experimentado cualquiera de Uds. en su minuto). Por el contrario, el resto de ellas son patrimonio exclusivo de los señores(as) del STATU QUO y su evidente vocación por la inercia. Para que quede bien sentado que el origen de unos y otros temores son absolutamente incomparables y obedecen a códigos éticos muy diferentes.

Temor a lo desconocido: Los cambios sustituyen lo conocido por la ambigüedad y la incertidumbre. Enfrentarse a lo desconocido hace que la mayoría de las personas se angustien. Cada cambio importante de una situación trae consigo un elemento de incertidumbre.

Seguridad y amenazas al poder y la influencia: La gente con alta necesidad de seguridad es probable que se resista al cambio, ya que este amenaza sus sentimientos de seguridad. Algunas personas de las organizaciones tal vez contemplen el cambio como una amenaza a su poder e influencia. El control de algo que necesitan otras personas, como la información o los recursos, es una fuente de poder en las organizaciones. Una vez que se estableció una posición de poder la gente o los grupos suelen resistirse a los cambios que perciben que reducen su poder e influencia.

Inercia de grupo: Las distintas formas en que los integrantes del equipo perciben la realidad, pueden constituirse en fuentes de resistencia, ya que, una vez que el grupo conforma una visión de su realidad, les resulta sumamente difícil cambiarla.

Amenaza a la Habilidad: Los cambios en los patrones organizacionales podrían amenazar la pericia de los grupos especializados y, por consiguiente, el estatus y el poder que detentan.

Aplicando estos criterios a nuestra realidad concreta, es necesario señalar que el miedo a lo desconocido o la incertidumbre ante una nueva situación es algo relativamente comprensible, pero no puede ni debe ser motivación para la inercia, bajo ninguna circunstancia. Y si queremos recuperar un sitial de vanguardia resulta imprescindible correr algunos riesgos. Esto no quiere decir que hay que cambiar por cambiar, ni que cualquier cambio es, en si mismo, positivo.

Ya hemos señalado la naturaleza y las directrices generales del cambio que se requiere. Por su parte, lo específico está dado en la propuesta de nueva estructura que hemos sostenido y construido en conjunto con otros agentes activos al interior del claustro académico y que participan propositivamente del Consejo de Facultad (todo lo contrario de quienes, a lo largo de todo este proceso, se han dedicado sistemáticamente a objetar, cuestionar y obstaculizar cualquier cambio real por las razones ya señaladas).

Dicha propuesta, respecto de la estructura departamental, a nuestro entender, no amenaza en absoluto el resguardo y el cultivo disciplinar específico -que es uno de los mitos que pretenden levantar nuestros antagonistas para sembrar el pánico y generar adhesión a su postura conservadora-, pues reconoce la existencia de núcleos bien definidos (se podría hablar incluso de núcleos duros), que son las regiones epistemológicas convencionales, tal como las hemos conocido hasta ahora y que, bajo ninguna circunstancia, desaparecerán y ni siquiera se desdibujarán. La novedad radica en que se reconoce que las disciplinas poseen, además del núcleo bien definido, fronteras difusas y zonas de alta actividad interactiva con otras complementarias y adyacentes, que conforman una misma área del conocimiento. Y esto es lo que se pretende reflejar en la “remodelación” de las estructuras departamentales actuales. Así también, hay autores que sostienen que lo efectivamente interesante siempre sucede en las fronteras y no en el centro.

Tan sólo se pretende abrir los confines de las unidades departamentales y concebirlas como fronteras difusas y permeables, para potenciar e incitar el desarrollo de experiencias de integración transversales (investigaciones, proyectos o emprendimientos de extensión) a quienes hayan comprendido la importancia de llevar a la práctica este principio rector de los actuales modelos de aproximación al conocimiento. Ninguna estructura, por lo demás, podría obligar y forzar al desarrollo de estas prácticas académicas, pero bien podría estimularlas y facilitarlas. Y de eso se trata, precisamente.

Quienes deseen seguir apegándose al antiguo paradigma, tendrán toda la libertad de hacerlo, aunque nos parezca obsoleto y parcial. El resguardo disciplinar está garantizado en tanto se trata de una práctica profundamente arraigada en los hábitos, las prácticas y el desarrollo rutinario de una parte importante de nuestros académicos, y que hallará su espacio natural en el núcleo de la orgánica disciplinar. Por lo que no podemos comprender tanto pavor hacia el cambio propuesto sino como una evidente reacción tendiente al resguardo del poder, la influencia política y la desesperada necesidad de control de ciertas camarillas. Algunos parecen no darse cuenta de que sus actitudes y planteamientos los delatan permanentemente, pues se comportan como dueños (ilegítimos, por cierto) y no como administradores del conocimiento y eso nada tiene que ver con los objetivos académicos de las unidades académicas y con nuestra misión institucional.

¿Permitiremos que mantengan secuestrado el desarrollo disciplinar de la Facultad tan sólo para mantener su control y hegemonía?

¿Continuaremos renunciando a ser fidedignamente partícipes de un proyecto y una visión integral de Facultad, únicamente para no tocar sus mezquinos intereses creados?

¿En qué momento permitimos que se instalara en nuestra Facultad esta indeseable y funesta realidad?

Para finalizar, reiteramos nuestro llamado a los académicos bien intencionados y sin intereses creados, de todas las edades y jerarquías, a participar de esta urgente y fundamental reflexión. A hacer valer su voz en las distintas instancias de discusión, dentro y fuera de los departamentos. A aportar y alimentar este necesario debate con sus ideas y propuestas. A enfrentar este tema con la importancia que merece y abrir espacios de discusión en las aulas, pues así también se construye Universidad (aunque suene un tanto cliché). Muchas veces el silencio, la pasividad y la apatía es la base para que unos pocos se instalen sobre las estructuras, sólo para servirse de ellas.

También les sugerimos, humildemente, que busquen diversos canales y fuentes de información, pues tenemos la impresión de que en algunos consejos de departamento la información “oficial” que se pone sobre la mesa es, en realidad, parcial, y se presenta según la conveniencia y la particular interpretación de quien la exhibe (bueno, en los casos en donde circula algún tipo de información) para obtener, finalmente, el respaldo formal de su respectivo claustro académico. Desde nuestra perspectiva, la verdadera democracia se funda sobre la base de la transparencia y la circulación pública de toda la información disponible. Al mantener a ciertos grupos de personas en la ignorancia, el supuesto “representante” puede manejar fácilmente la situación a su antojo. Así de claro.

Un gran abrazo y mucha fuerza, que tenemos una gran tarea por delante.

¡ANTE LA CRISIS LATENTE, UNA GENUINA REFUNDACIÓN DE LA FACULTAD ES LO QUE SE REQUIERE!

Atentamente,

Centros de Estudiantes de la FAU.

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